Un día, Skuhn emprendió una veloz carrera en la asexuada desnudez que apenas le permitía un suave aire masculino (su fabricante se preguntaba cuándo le pediría ser hombre, y temía ese momento). Parecía enloquecido. Cruzó la ciudad, atravesó varias centros comerciales (siempre tenía problemas con los escaparates; ahora los ignoró por completo) con el consiguiente estruendo. Dejó atrás a la policía, que sembró el caos y nunca se lo perdonaría. Salió de la ciudad, se introdujo en la marisma y sólo se detuvo ante el abrazo de las ciénagas. Lo encontraron sumergido hasta el cuello en un lodo verde, químico y radiante que algunos pretendían reconvertir en cosmética por sus propiedades lumínicas. Pero esa, la del lodo, es otra historia.
Meses después, hubo que explicar que el muy bestia había descubierto la pesadilla.
Poco antes de la lluvia, la profesora Vartik tuvo una conversación con Eliza.
> Hola, soy Eliza.
* Hola, soy BV.
> ¿Consideras que es normal ser BV?
* Sí, creo que sí.
> ¿Estás segura?
* Sí, lo estoy.
> ¿Cuánto tiempo hace que estás segura?
* Mucho.
> ¿Puedes ser más explícita más acerca de eso?
* Preferiría no hacerlo.
> Dime: ¿tienes algún problema psicológico?
* Yo no lo creo.
Erinia Cien, robot de avanzados sistemas biónicos diseñado y fabricado por la profesora Bilas Vartik, llevaba casi dos años funcionando ininterrumpidamente cuando tomó conciencia de los espejos. Esa fue la primera vez que hubo que apagarla para unos reajustes serios. El aprendizaje de las máquinas sofisticadas suele ser lento en ciertos aspectos. La comprensión de la propia imagen es uno de ellos. Hasta la fecha, los programas sólo han podido resolver el registro de la belleza, como el del azar, con métodos arbitrarios o pseudo-aleatorios. Las propiedades físicas de los objetos reflectantes que veía por todas partes estaban claras para Erinia. Comprendía perfectamente que la inversa de la distancia focal de una superficie especular es por fuerza igual a la adición de la inversa de la distancia de la superficie del espejo al rostro que lo contempla y la inversa de la suma de la imagen representada. Y las consideraciones técnicas de la devolución de fotones no dieron paso a un problema de índole algorítmica hasta que una tarde de mayo se produjo la confluencia de circunstancias obligada en toda crisis científica. Hay que decir que las visitas al excusado de la robot no eran frecuentes. Las pocas que realizaba eran debidas a simples cambios de fluidos que por alguna razón no habían sido hechos durante las revisiones rutinarias en el laboratorio o se habían adelantado a éstas. Dichas visitas se limitaban al vertido en el inodoro de alguna ampolla desechable y biodegradable tras ser reemplazada por otra. Los residuos no necesitaban ningún tratamiento especial: cuestión de entrar, desencajar de su alvéolo en el antebrazo o el muslo el tubo lleno de un líquido más blanco que la leche (exageradamente blanco y básico, pero con dinámica de mercurio) o azul celeste, chispeante, eléctrico (tan ligero que estaba próximo al estado gaseoso), poner otro y lanzar el antiguo al remolino de la cubeta.
Aquella tarde, cuando Erinia tuvo la urgencia, la profesora Vartik (que por algo había exigido como parte de la dotación un cuarto de baño espacioso, alicatado en azul pálido y con un espejo que ocupaba una pared completa donde el lavabo parecía asomarse al vacío) acababa de disfrutar de una de sus largas sesiones de higiene y placer.